Peña y Calderón

«Si tuviera que escoger un crimen de todos los que cometieron Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón eligiría el robo para el primero, y el asesinato para el otro. Un homicida y un ladrón que tuvieron dos disposiciones distintas frente a la opinión pública: Peña fue un sinvergüenza y Calderón un fraudulento. Peña se sabía protegido por toda la red del prianismo, desde Salinas de Gortari hasta los senadores y los jueces. Calderón trató de esconder sus delitos y pensó que era más listo que los demás, que creeríamos en su triunfo electoral, en su guerra contra el crimen organizado, en su refinería Bicentenario en Hidalgo.

De la actitud hay toda una historia. Evoquemos, primero, a Peña. Como todos recordamos, un 9 de noviembre de 2014 se destapó que la mansión de 4 y medio millones de dólares en la que vivía con su familia era un regalo de quien había recibido mil 783 millones en contratos de obra pública, Armando Hinojosa Cantú, del Grupo Higa. Descubierto, Peña pasó a la petulancia de quien se siente intocable: nombró a su amigo de la juventud, el exconsejero del IFE, Virgilio Andrade, como Secretario de la Función Pública para que lo exonerara. Tras unos cuantos meses, Andrade no encontró nada irregular, “ni beneficio, provecho o ventaja” y, de paso, absolvió al Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, por su casa en Malinalco, y a la esposa de Peña, Angélica Rivera. Pero no quedó ahí. De una disposición descarada y hasta insolente, la jefa de su equipo de comunicación, Alejandra Lagunes, nos mandó primero a la primera dama para regañarnos»: Fabrizio Mejía Madrid.

Sin Embargo