En 1985, Mijail Gorbachov, reciente todavía su ascensión al poder, le dijo a su esposa Raisa: «Nuestro país no puede seguir viviendo así. Yo tengo que hacer los cambios. Ese es mi destino».
Dice Gromiko en sus Memorias: «En el Pleno del Comité Central de abril de 1985 se produjo un viraje decisivo en la historia de nuestro partido. Una de sus tesis –las tesis de Lenin de abril de 1917 acuden inmediatamente a la mente– exige la valoración de nuestro desarrollo social, con el fin de aumentar la productividad y reestructurar la economía y, así, mejorar nuestros problemas sociales. Esta tesis, que Gorbachov presentó al Pleno en forma detallada, fue desarrollada en su informe político ante el Vigesimoséptimo Congreso del Partido, y era profundamente marxista en su concepción».
Es lo que defiende Gorbachov en su libro Perestroika: su carácter profundamente revolucionario y marxista, la vuelta a los orígenes, porque –dice– «empezó una erosión gradual de los valores ideológicos y morales de nuestro pueblo».
En 1991, apenas a seis años de haber iniciado los cambios; Gorbachov declaró: «La misión de mi vida se ha cumplido. Las ideas centrales de la perestroika se han solidificado. Ya no hay lugar para mí en la Comunidad de Estados Independientes».
En ese mismo momento, el presidente de Estados Unidos, George Bush, confundido ante los acontecimientos y sin saber todavía cómo interpretar el futuro de la URSS, hizo un llamado de ayuda para el pueblo ruso «confuso y desorientado».

Gorbachov recuerda: «Me volví disidente en 1953, cuando me surgieron las primeras dudas. Las cosas no andaban bien en nuestro país».
Pero mantuvo sus dudas bien guardadas durante 30 años, hasta que subió al poder. Y entonces se convirtió en un hombre con prisa. Levantó expectativas y emprendió reformas que condujeron al colapso del comunismo, de la Unión Soviética del poder central de su país y de su destrucción como líder nacional, arrastrado por su propia tormenta.
Gorbachov ha sido siempre un comunista de corazón, honesto, sincero, bien intencionado, que siempre creyó en la posibilidad de salvar a la Unión Soviética como tal, por medio de la transformación del comunismo hacia sus verdaderos ideales: libertad política, libertad espiritual, humanización, democracia, respeto a las culturas. La realidad soviética distaba mucho de ser lo que Gorbachov concebía.
Andrei Gromiko, que fue por años el arquitecto de la política exterior de la Unión Soviética, describe así a Gorbachov en sus Memorias: «Era manifiesto el gran talento de Gorbachov como estadista notable y sagaz, como político astuto y prudente y como hombre de mente aguda y fuerte. Así precisamente es como lo ven el partido y el pueblo. Durante casi diez años lo he visto trabajar, y no precisamente como espectador. Hemos trabajado estrechamente en el Politburó y muchas veces hemos tenido intensas discusiones sobre los más variados aspectos de política nacional y exterior. Debo decir que tiene ese raro don de ser capaz de convencer a la gente. Si está seguro de que su postura es correcta, sabe cómo exponer una serie de argumentos, desplegándolos uno tras otro en orden de importancia».
Sin embargo, en 1991, la mayoría de los soviéticos, agradecidos ciertamente por el papel histórico que desempeñó Gorbachov al transformar el sistema totalitario de la URSS, lo culpan por haber dislocado la perestroika, se aburren con sus peroratas y no entienden –ni les importan– sus finuras intelectuales. Gorbachov quiso humanizar y salvar el sistema soviético; nunca quiso su destrucción. Ellos quieren prosperidad e independencia, no la salvación del sistema.
Y ese fue el gran fracaso de Gorbachov. Lo dice él mismo en su libro Perestroika: si las reformas emprendidas conducen a la desintegración de la Unión Soviética, habré fracasado. Quiere «un nuevo concepto de centralismo democrático», al que dedica la parte segunda del capítulo segundo de Perestroika. «Todas nuestras repúblicas y todos nuestros pueblos deben sentirse en iguales condiciones y con iguales oportunidades para el desarrollo. Allí está la garantía de estabilidad para la sociedad soviética y por eso no debe debilitarse el papel del centro, porque perderíamos las ventajas de la economía planificada.»
Su gran idea para el mundo es un futuro de paz. Su gran idea para la Unión Soviética es la reestructuración económica y social que resuelva los problemas acumulados. «La carrera de las armas, las realidades militares y políticas del mundo y las tradiciones persistentes del pensamiento prenuclear impiden la cooperación entre las naciones y los pueblos, que hoy es indispensable si queremos sobrevivir».
Gorbachov se vuelve al pensamiento de Lenin para «despojarlo de los dogmatismos en que lo han encajonado y encontrar allí la inspiración de un socialismo renovado, auténtico, fresco». El programa de la perestroika no es una declaración pomposa ni una improvisación. «Es un programa cuidadosamente preparado. Hace tiempo, mucho antes del Plenario de abril, un grupo de líderes del partido y de funcionarios del Estado empezó hacer un análisis exhaustivo de la situación económica. Su análisis se convirtió en la base de los documentos de la perestroika. Se acumuló un arsenal de ideas constructivas».
Fue lo que Gorbachov propuso en la reunión plenaria de abril de 1985, de la que habla Gromiko. Hacia un mes apenas que había muerto Chernenko. No perdió el tiempo. Quería salvar a la Unión Soviética socialista.
«La economía ha sido y sigue siendo nuestra preocupación principal. Pero al mismo tiempo nos hemos propuesto cambiar la situación moral y psicológica de la sociedad. Ya desde 1970, mucha gente se dio cuenta de que no podríamos seguir adelante sin cambios drásticos en el pensamiento y en la psicología, en la organización, en el estilo y en los métodos de trabajo en todas partes, en el Partido, en la maquinaria estatal y en los estratos superiores».
Empezó a transformar el Comité Central del Partido, el gobierno y todo lo demás. Cambios de personal por «gente que entiende la situación y que tiene idea de lo que se debe hacer». Se trata de despertar «a los que se han quedado dormidos», de «activar el factor humano», de «asegurar que todos y cada uno se sientan como si fueran los amos del país, de su empresa, de su oficina o de su instituto. Eso es lo principal». Y llegó al extremo, en consecuencia lógica con su propuesta: renunciar a la hegemonía del partido sobre el poder. Nadie se podía sentir amo y dueño de su patria, mientras el partido tuviera el monopolio del poder.
«En principio puedo decir que el resultado final de la perestroika está claro para nosotros. Es una renovación total de todos los aspectos de la vida soviética. Es darle al socialismo las formas más avanzadas de organización social. Es exponer en su totalidad la naturaleza humanista de nuestro sistema social en sus aspectos cruciales: económico, social, político y moral».
No sólo. Gorbachov tiene otro libro: El siglo venidero de la paz, en el que expone, paso por paso, su plan para un mundo sin armas nucleares y cómo conseguirlo en una década y media. El plan no es sólo para la Unión Soviética y para Estados Unidos, sino para todas las naciones que tienen armas nucleares. Y echó a andar ese plan. Fue otro de sus grandes triunfos, el que acabó con la guerra fría.
En noviembre de 1985, la editorial Richardson & Steirman publicó otro libro de Gorbachov, Un Tiempo para la paz, en el que dicen los editores. «Son la sinceridad de Mijail Gorbachov y su visión del futuro las que distinguen esta nueva mirada contemporánea sobre la Unión Soviética, sobre Estados Unidos y sobre el mundo».
En ese mundo suyo, en ese sueño socialista renovado, la empresa libre, la propiedad privada, la democracia multipartidista, la independencia de las repúblicas, los gobiernos locales autónomos, no fueron conceptos que le hicieran gracia.
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