«Tan fácil que es hacer unos huevos a la mexicana. Van durante menos de un minuto al sartén un par de blanquillos apenas batidos con poco aceite de maíz, unos trocitos de jitomate, otros de cebolla y unas rodajas de chile jalapeño.
Una receta simple para un adjetivo complicado: “a la mexicana”.
Si no lo cree así, retire usted los huevos y ponga como sustantivo, por ejemplo, el amor. ¿Podría usted definir qué es eso del amor a la mexicana?
Ya la cantante Thalía lo intentó hace un par de décadas. El amor a la mexicana sería, para ella, aquel que no tolera compasión ni lástima, un amor duro, delirante, “macho de corazón.” Tal cual se enseña en esa gran escuela de las emociones que son las telenovelas, esta forma de amor debe ser un melodrama sin acotamientos ni banquetas. Arrollador, pues, donde ella se arroja, él se lanza y ambos se estrellan. No importa que la historia sea corta, tóxica o suicida, siempre y cuando quede labrada como leyenda en una estela maya.
Solo por enredar más las cosas, sustituyamos la palabra amor y pongamos en su lugar la justicia a la mexicana. De golpe se asomará una borrachera canija de impunidad. La hipótesis no es mía sino del gran muralista, Jesús Clemente Orozco, que en 1923 dejó sobre las paredes del Antiguo Colegio de San Ildefonso un fresco preciso: el de un caballero tan ebrio como elegante (la ley) que con la mano derecha empuña una daga y con la izquierda manosea a una dama (la justicia), también cargada como una cuba, que lleva vendada media cara y sostiene una balanza más chueca que la torre de Pisa»: Ricardo Raphael.




