Juan Villoro entiende muy bien que México, su país, y Colombia están inexorablemente unidos por sus paradojas vitales. Ambas naciones comparten una tradición literaria que dialoga a través de escritores memorables como Juan Rulfo y Gabriel García Márquez.
También sus músicas, la cumbia y las rancheras, entretejen la historia de jolgorios memorables aquí y allá. Además, qué decir de la violencia que golpea a los dos países, de las bandas criminales que los azotan.
Y, desde luego, Villoro no dejó pasar la oportunidad que le dio su visita a Bogotá para hablar de esos mundos compartidos.
El escritor mexicano vino a recibir el premio a la Excelencia de la Fundación Gabo y a la audiencia que atestiguó la entrega del reconocimiento, el viernes 21, le habló de la admiración que existe en México y Colombia por un enorme reportero llamado Gabriel García Márquez, un maestro de periodistas “que enseña a ver lo visible y lo invisible”.
Una vez con el premio en la mano –la escultura de un teclado de computadora que le entregó el escritor nicaragüense Sergio Ramírez–, Villoro se acercó al micrófono colocado en el templete del auditorio del gimnasio Moderno, de Bogotá, y sacó un texto de seis cuartillas que traía en una carpeta bajo el brazo.
Cuando acabó de leer, 14 minutos después, los periodistas, académicos y la gente interesada en relatos magistrales que se había congregado en el auditorio lo ovacionó de manera espontánea. Muchos comentaron en cadenas de WhatsApp que estaban conmovidos.
Entre otras cosas Villoro dijo, leyó, que siendo muy joven, García Márquez fue capaz de reportear “el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas”. Era 1948, tiempos de toque de queda en Cartagena, y el joven reportero y escritor lamentaba en una crónica que ya no hubiera serenatas y se perdiera el placer de deambular al cobijo de la madrugada.
Sin hablar de política, dijo Villoro, García Márquez “denunció lo que se pierde con la política”. En esa crónica, Gabo “recordó la época, ya ilusoria, en que la ‘madrugada era verdad’, cuando la gente aún salía a cantar por amor. Eso era lo que el gobierno había arrebatado, la libertad de deambular a deshoras para oír el mensaje del azúcar que sólo oyen los enamorados. A partir de un indicio incomprobable (la forma en que se endulzan las naranjas), el periodista logró una excepcional metáfora política”.
García Márquez, añadió, “se apoyó en lo invisible, como un sastre que oculta un hilo para sostener su tejido, pero también prestó atención a las minucias que sólo para algunos son visibles”. Una lección de periodismo.
Luego Villoro relató una anécdota que le contó Sergio Ramírez acerca de una cena que compartieron García Márquez y el escritor mexicano Carlos Fuentes, en los noventa, con el entonces presidente de Estados Unidos Bill Clinton.
Para Fuentes, el mejor momento ocurrió cuando el presidente recitó sin vacilación una página de El sonido y la furia, de William Faulkner. Pero a García Márquez lo que más le impresionó no fue ni la inteligencia ni la astucia ni la palabrería de Clinton.
Nada de eso –dijo Villoro–: Gabo se sorprendió de que el mandatario hablara en forma ininterrumpida sin probar bocado. Así que, en un momento en que Clinton se alejó de la mesa, García Márquez lo siguió “y por la puerta entreabierta de la cocina vio al dignatario devorar un trozo de pan”.
“Así atrapó una imagen de perfecta elocuencia: la cena del presidente fue un mendrugo; mientras más grande es el poder, más infame es su salario. Una y otra vez, Gabo fue el mejor enviado especial. En su encuentro con el hombre más poderoso de la Tierra, no podía fallar.”
Proceso




