El reloj marca las 10:32 del sábado 31 de diciembre y la mañana empieza rutinaria. Es el último día del año y pese a que el papa emérito Benedicto XVI está enfermo, el clima es festivo en Roma. Las televisiones callan y las radios también. Los boletines de los últimos días indican que el pontífice está grave pero estable, que incluso descansa bien y está lúcido. Algunos cronistas extranjeros, sobre todo los europeos, han decidido así regresar a sus países para sus vacaciones de invierno, tomarse unos días libres antes de lo que se cree puede ser una agonía larga. Pocos esperan a esa hora el anuncio. Pero éste finalmente llega, en forma de un comunicado de dos líneas. “Declaración del portavoz Matteo Bruni: Con pesar doy a conocer que el papa emérito Benedicto XVI ha fallecido hoy a las 9:34 horas, en el monasterio Mater Ecclesiae del Vaticano”, se lee. La tormenta está servida. La época de los dos papas ha llegado a su fin.
El 11 de febrero de 2013, cercano a cumplir los 86 años, el papa alemán anunció su dimisión en una misa celebrada en el Vaticano. Después de ocho años en el trono de Pedro, con una Iglesia golpeada por diversos escándalos, Joseph Ratzinger argumentó su decisión como el gesto de alguien que, debido a su avanzada edad, ya no tenía fuerzas de gobernar. Se convirtió con ello en el primer papa en renunciar en seis siglos. E inauguró así la extraña etapa en la que ha vivido la Iglesia en los últimos nueve años, con dos Papas –uno jubilado, Benedicto, y el otro reinante, Francisco– conviviendo juntos y en paz dentro del Vaticano.
Ese 2013 es el año del ocaso de un pontificado iniciado en 2005 con la engorrosa herencia de su carismático predecesor, Juan Pablo II (a quien, sin embargo, Benedicto coloca en la vía rápida hacia la santidad y beatifica en 2011), y el epílogo de la vida pública de un prelado que a menudo ha desorientado por la complejidad de su figura y sus tantas enmiendas a las trayectorias que él mismo había emprendido. Un teólogo intelectual que quiso reformar la Iglesia desde sus cimientos, que inició una cruzada contra los pederastas y sus encubridores, incluso intentó desmontar los errores cometidos en tiempos de Juan Pablo II, pero acabó dimitiendo. Pero ese es el balance tras sus ocho años de pontificado.
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