Tres poemas de La soledad sonora, de Emily Dickinson

Emily Dickinson dejó para la posteridad nada más y nada menos que 1775 poemas. Sin embargo, solo vio publicados ocho. Vivió toda su vida en el hogar de sus padres, sin hacer casi viajes ni mantener prácticamente relaciones, pero no necesitó mucho más para desvelar el misterio tanto de la naturaleza como de su propia alma, creando una obra cercana, sensorial e intuitiva.

En Zenda reproducimos tres poemas de La soledad sonora (Pre-Textos), de Emily Dickinson.

*****

EN donde me he perdido piso suave,
siembro una flor tomada del jardín,
sobre el rostro borrado me detengo
y me aflijo.

A quienes yo perdí, con piedad guardo
del rudo acento o la cruel palabra,
cual si la cabecera de su lecho me oyese.
Aunque es de piedra.

Sabrás por esto cuándo yo he perdido:
por un sombrero negro, o por un velo oscuro
o por un temblor leve de mi voz,
como el de ahora.

La respuesta a por qué perdí la saben
aquellos que con los más níveos hábitos
regresaron a casa hace ya mucho,
junto a la eternidad.

*****

EN donde me he perdido piso suave,
siembro una flor tomada del jardín,
sobre el rostro borrado me detengo
y me aflijo.

A quienes yo perdí, con piedad guardo
del rudo acento o la cruel palabra,
cual si la cabecera de su lecho me oyese.
Aunque es de piedra.

Sabrás por esto cuándo yo he perdido:
por un sombrero negro, o por un velo oscuro
o por un temblor leve de mi voz,
como el de ahora.

La respuesta a por qué perdí la saben
aquellos que con los más níveos hábitos
regresaron a casa hace ya mucho,
junto a la eternidad.

*****

A veces he escuchado hablar a un órgano
bajo la nave de una catedral
y no entendía nada de lo dicho,
mas contenía la respiración.

Y me ponía en pie, y luego me iba
–más devota, quizás, de San Bernardo–
ignorando qué había sucedido
en esa antigua nave en la capilla.

Zenda Libros