Zapatistas acuerdan gestionar tierras con otras poblaciones, a 30 años del levantamiento

La Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) está sentada en el templete central del Caracol zapatista de Dolores Hidalgo, en la Selva Lacandona. Mira un singular desfile de milicianos y milicianas: son chicas jóvenes que marchan al ritmo de unas cumbias, con sus uniformes y toletes. Es la medianoche del 31 de diciembre de 2023 y el EZLN está celebrando el 30 aniversario de su levantamiento armado.

Frente a las bases de apoyo zapatistas y a sus simpatizantes procedentes de México y de otros países del mundo, el subcomandante insurgente Moisés lee un mensaje.

“La propiedad de la tierra tiene que ser del pueblo y en común, y el pueblo se tiene que gobernar por sí mismo. Esto es lo que demostramos hace 30 años y vamos a seguir este camino”, dice el jefe militar tzeltal, tras recordar a las madres buscadoras y a las personas ausentes: las mujeres, jóvenes, niños y hombres asesinados y desaparecidos, las personas encarceladas, los “caídos en más de 500 años de lucha”.

30 años han pasado desde que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levantó en armas. Fue el 1 de enero de 1994 cuando los insurgentes mayas se rebelaron en contra de 500 años de explotación y tomaron algunas ciudades de Chiapas.

“La situación en la que estábamos pues era de muerte y desesperación. Tuvimos que abrir una grieta en ese muro que nos encerraba y nos condenaba. Como si todo fuera oscuridad y con nuestra sangre prendiéramos una lucecita. Eso fue el alzamiento zapatista, una lucecita en la noche más oscura”, escribe Marcos, que recién anunció su degradación de subcomandante a capitán insurgente.

La guerra al Estado mexicano duró sólo 12 días y se interrumpió cuando la sociedad civil se movilizó pidiendo un alto al fuego. Las negociaciones entre el Estado y la guerrilla llevaron a la firma de los Acuerdos de San Andrés, que el Congreso nunca transformó en ley constitucional. El EZLN se sintió entonces traicionado por los partidos políticos, tomó distancia y empezó a impulsar su proyecto de autonomía, construyendo en los territorios donde tiene presencia un propio sistema de gobierno, de justicia, de salud y de educación, sin apoyo del estado.

Poco a poco, la parte civil de la organización se volvió más importante que la militar. En 2003, el EZLN decidió dividir su territorio en cinco zonas donde iban a operar unos centros administrativos llamados Caracoles -que en 2019 fueron ampliados a doce- donde operaban las Juntas de Buen Gobierno (JBG), que eran los órganos autónomos y rotativos encargados de administrar cada zona. Su formación respondió a la necesidad de “entregar” el gobierno zapatista a la parte civil de la organización.

“Si el zapatismo fuera sólo el EZLN pues es fácil dar órdenes”, escribe el capitán Marcos. “Pero el gobierno debe ser civil, no militar. Entonces mismo el pueblo tiene que buscar su camino, su modo y su tiempo. Dónde y cuándo qué cosa. Lo militar debe ser sólo para defensa”.

Durante noviembre y diciembre de 2023, el EZLN emitió una serie de comunicados donde anuncia que su proyecto de autonomía tiene una nueva forma, que pone al centro los pueblos y las comunidades.

Los zapatistas decidieron suprimir las Juntas de Buen Gobierno y los Municipios Autónomos Zapatistas (MAREZ) y crear una nueva estructura que es una pirámide de cabeza -así la definen-, donde el “núcleo de toda autonomía” son los Gobierno Autónomos Locales (GAL). Hay uno en cada comunidad, como muestran los carteles que aparecen a lo largo de la carretera que de la ciudad de Ocosingo lleva a las celebraciones en el Caracol Dolores Hidalgo, recorriendo las regiones autónomas de San Pedro Michoacán y Che Guevara, entre montañas verdes cuyos picos están tapados por las nubes.

Los GAL están coordinados por los agentes y comisariados autónomos, y varios de ellos pueden convocar una instancia más amplia: los Colectivos de Gobiernos Autónomos Zapatistas (CGAZ). Existe también un tercer órgano, que abarca las que anteriormente eran llamadas “zonas”, y son las Asambleas de Colectivos de Gobiernos Autónomos Zapatistas (ACGAZ). No tienen autoridad pues a pesar de ser más “grandes” dependen de lo más chiquito, que son los CGAZ.

Los zapatistas llegaron a esta decisión tras un proceso de autocrítica de 10 años, que llevó a cambios profundos que miran abajo en lugar que arriba, con los pies en la democracia comunitaria y asamblearia practicada ancestralmente por los pueblos originarios.

“Para mí la lucha se trata de cambiar al mundo y también a nosotros mismos, y los zapatistas están mostrando que tienen la capacidad de transformar su propia estructura. La autonomía no es algo ya hecho, sino un proceso de creación”, dice Azize Aslan, quien participó en las celebraciones en el Caracol zapatista y es originaria de Kurdistán, una región de Medio Oriente donde vive un pueblo colonizado que desde hace unos 40 años lucha para liberar su territorio y construir su propia autonomía.

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