Son nuestras. Su existencia se gesta en el seno de una comunidad que posteriormente las rechaza, como hijas no deseadas ni reconocidas, a las que se les niega el apellido y prácticamente cualquier oportunidad de ser nada más. Esta misma comunidad propicia su nacimiento y desarrollo pero se niega a volver los ojos a ellas, las señala, las veja, las estigmatiza, niega su existencia como mecanismo de defensa del inconsciente colectivo para protegerse ella misma de la cruda realidad que enfrentan sus hijas.
Pertenecer a este gremio se considera vergonzoso y vergonzante para ellas y para los suyos: uno de los peores insultos es insinuar que la madre de alguien se dedica a esta actividad.
Se les otorgan muchas etiquetas al señalar su oficio que sería muy ocioso enumerar, sería morboso y peyorativo. El más irónico, “la vida alegre” es en todo caso un eufemismo lacerante, corrosivo, que encierra una burla a sus adversas condiciones cotidianas, a su forma de sustento.
Son tristes. Son en muchos casos víctimas discretas del crimen organizado, en el que devienen doblemente mercancías: al ofertarse como normalmente lo hacen y al intercambiarlas sus captores en una forma refinada de esclavitud. Pero no por refinada menos brutal y perniciosa a la dignidad humana: la esclavitud sexual.
Son tristes. Basta ver la mirada de cualesquiera de ellas debajo de su maquillaje, expuestas a las inclemencias del clima y de la indiferencia de algunos, el morbo de otros, el insulto de tantos, la patología de los enfermos, los sinsabores de sus condiciones, los bemoles de las circunstancias y las vicisitudes de la vida galante.
Guste o no, forman parte de nuestro conglomerado social. En esencia no son diferentes al prestigioso médico o a la afanosa profesora: son personas haciendo su mejor esfuerzo por sobrevivir, por salir adelante, por ellas y por los suyos. Nos pertenecen y nuestra responsabilidad es doble: la responsabilidad que como estado se les debe brindar las garantías y derechos como a cualesquiera y la obligación moral de hacerlo, por ser vulnerables, desprotegidas. Forman parte de la sociedad, votan, pueden tener convicciones ideológicas y políticas, pagan impuestos al ser contribuyentes cautivas y, finalmente cubren una demanda personalísima de sus clientes.
El autor desea ofrecer una disculpa a quien pudiera sentirse herido en su sensibilidad por el título de esta columna. Va con perdón de los lectores, de García Márquez, y de las sexoservidoras.




