Un festín resultó ser para muchos duranguenses el linchamiento mediático y a través de las redes sociales de una profesora de la facultad de psicología y terapia de la comunicación humana de la UJED, cuya trayectoria laboral que supera los cuatro lustros, fue sometida a juicio y dictado su veredicto a través de las diversas redes sociales, basados únicamente en las equivocaciones expuestas y dejando de lado todo su desempeño laboral.
La maestra se equivocó, de eso no queda duda, al igual que todos los que hemos llegado a impartir una clase, erramos. Un mal día, situaciones personales, olvidar comprar en el súper el café de grano, estrés ante el manejo de la tecnología, poca tolerancia a la frustración producto de esto, etc. Sea lo que sea, nada lo justifica, fue un error. Lo caricaturesco es que, quienes la crucificaron, lanzaron la piedra cual si estuvieran libres de pecado.
Los maestros de hoy, están solos. Sin nadie que abogue por ellos. Ya a muchos se les olvidó que, si bien hubo catedráticos de diversas facultades expuestos en los “tendederos” con total responsabilidad en sus actos, hubo otros que sólo por el enojo o el morbo de estudiantes, fueron expuestos y arruinado su prestigio. Nadie dijo nada. Quedó en el olvido para todos, menos para ellos, sus familiares y amigos, sus pacientes, sus clientes, etc.
Las redes sociales se han transformado en el gran juzgador. Estas herramientas que representan un gran avance al fungir como puente virtual y acercarnos a pesar de la distancia, han sufrido una metamorfosis kafkiana y se han convertido en el máximo escaparate para el linchamiento, impudor y falta de empatía. Es un hecho que explotamos sus potencialidades, pero también lo es, que hay una especie de perversión global del uso de las mismas. Así como construyen, destruyen.
A partir de este y otros sucesos, muchos maestros se han desmotivado de lo primordial de impartir una clase: alentar a la juventud en el afán de adquirir conocimiento, ser parte de su formación como académicos y algunas veces como meros divulgadores que lo acerquen a cuestionar todo con el afán del saber.
Algo ha fallado. No se trata de continuar una lucha entre las “generaciones” y seguir etiquetándolas. Lo cierto es que en el camino, algo extraño sucedió. Lo vemos quienes día a día recibimos a prestadores de servicio social y prácticas profesionales o incluso residentes en diversas instituciones. El nivel académico del alumnado no es el mismo; y hoy, la exigencia del maestro la han transformado en su narrativa, como hostigamiento. Rehuyen a las responsabilidades y al hambre y deseo de aprender; y ante cualquier dificultad -que incluso algunas veces funciona como reforzador de los cimientos de la personalidad-, huyen o se quejan o, en los casos más graves, como en los trastornos de la personalidad, perversamente crean escenarios alejados de la realidad, pero pocas veces lo denuncian. Por supuesto, con muy honrosas y escasas excepciones. Hay maestros que ante todo esto se retiran no por culpa o por temor, sino por mera desilusión.
Insisto en que en el caso partirular de la catedrática de la UJED, no hay justificación. Se equivocó. Pero hicieron juicio de algunos escasos momentos de su clase, sin tomar en cuenta toda una trayectoria, la cual, parece se regocijan en mancillar. Lo sucedido habla más de quienes la expusieron y acribillaron, que de la propia maestra.
EN EL TINTERO… Este miércoles estuvieron cerradas las oficinas de aguas del municipio de Canatlán, más que por alguna situación ante el COVID, se debió a que un bufete de abogados iba a señalar, para requerir un pago de un despido injustificado de un trabajador. Por algún extraño motivo se enteró la alcaldesa Dora González Tremillo y mandó cerrar las oficinas y esconder las camionetas. Muy extraño que se haya fugado información de la junta local, que se supone es la que debe de proteger al trabajador. Nuevo presidente de junta local, ¿mismas mañas?
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