«Resulta imposible reconstituir la figura de don Julio Scherer García sin retomar los modos de pensamiento, las creencias y las costumbres de su época. Es lo que Reinhart Kossellek (1923-2006) llamó régimen de historicidad, que permite situar la obra en el tiempo y el tiempo en la obra.
Don Julio tuvo que transitar por entornos carentes de virtudes cívicas, desprovistos de pulcritud y de valores de honor. Los vínculos del binomio amistad/enemistad, que son trascendentes para la integración social y el mantenimiento del orden público, se encontraban inmersos en la ambigüedad dentro de esos entornos.
Don Julio estaba convencido de la pacificación en todos los órdenes, nacional e internacional, de la paz como el vehículo idóneo para la consecución de un acuerdo social ordenado. En su ideario, la conjunción justicia y paz es el fundamento de toda civilidad social.
Las narrativas acerca del bien común, de la concordia y de la paz quedaron, empero, totalmente desvirtuadas por una cultura beligerante en el lenguaje y en el espacio político, entre otros escenarios, que se ve asociada a prácticas cotidianas de venganza. Así, el fomento de la paz alterna con la cultura del conflicto, con el lenguaje y la praxis de la revancha. El común denominador de estos últimos ha sido el ensañamiento»: Jorge Sánchez Cordero.




