Consumada la Independencia de México en 1921, España no se resignaba a perder el territorio más rico de su reino.
Y para recuperarlo lo intentó casi todo: un plan de restauración en colaboración con monarquías europeas, una conspiración para derrocar al gobierno de la naciente República y hasta invasiones armadas.
Pero todos esos intentos fracasaron.
Durante las Guerras Napoleónicas, Fernando VII vivió prácticamente prisionero de Napoleón en Bayona (País Vasco francés). A su regreso a España, en 1813-1814, recuperó el trono, derogó la Constitución de 1812 y reinstauró el absolutismo, obsesionado por permanecer en el trono.
Rodrigo Escribano Roca, investigador en historia atlántica e historia imperial, explica que en este marco, entre 1821 y 1823, en Madrid se propusieron diversos planes constitucionales para la Nueva España pero ninguno prosperó por la restauración de Fernando VII. “El imperio español entró en lo que yo llamo un proceso de luto: primero hay una negación, luego una aceptación y después una recaída:
“Primero, Fernando VII se negó a reconocer cualquier independencia y abogó por la reconquista. Entre 1823 y 1827 los ministros de exteriores del reino, el Conde de Ofalia, Francisco Cea Bermúdez, el duque del Infantado y Manuel González Salmón, vieron que España ya no tenía la capacidad militar para reconquistar por sí sola México, e intentaron convencer a las monarquías absolutistas europeas que apoyen a España en un plan de restauración.
Pero ya para 1828 Fernando VII ve que las repúblicas latinoamericanas han sido eficaces y han conseguido el reconocimiento diplomático de Europa. En 1825, Reino Unido reconoce a México y entabla relaciones comerciales y diplomáticas oficiales, luego sigue Francia y después Holanda. Con lo cual, ya en 1828 este plan de restauración por medio de una colaboración con las monarquías europeas ya no tiene sentido.
“Es cuando Fernando VII desesperado decide escuchar aventureros y exoficiales que le ofrecen planes sui generis para reconquistar la Nueva España. Esto, mientras en la península se mantiene el mito de que la mayoría de la población en México añora el dominio español y la grandeza de los borbones. Ese imaginario se mantendrá hasta 1860, cuando se apoya a Maximiliano”.
Felipe VII aceptó el plan de la llamada expedición Barradas, que desembarcó con 3 mil 500 hombres en Tampico, el 26 de junio de 1829. Pero fueron derrotados de inmediato por Antonio López de Santa Anna.
Así, fallaron los cálculos de Felipe VII, que creía que sus tropas iban a ser arropadas por amplios sectores de la sociedad mexicana cansada por las guerras intestinas en la república federal desde la promulgación de la constitución de 1824.
A pesar del fracaso de Barradas, Felipe VII, hasta su muerte, se negó a reconocer la independencia. Su esposa, María Cristina, ocupó la regencia de la monarquía debido a que su hija Isabel II, futura monarca, tenía tres años. Con el apoyo de los liberales, María Cristina designó como cabeza del gabinete a Francisco Martínez de la Rosa, quien en 1834 estableció contactos oficiosos con los representantes de México en París y Londres, Lorenzo Zavala y Máximo Garro, respectivamente. Ello derivó el Tratado de Santa María Calatrava, firmado en 1836.
Esta aceptación de las independencias fue acompañada de cierta euforia panhispanista, que culpaba a Fernando VII y al absolutismo de haber provocado una ruptura entre los pueblos de habla hispana en ambos lados del Atlántico.
Los pensadores liberales españoles planteaban las independencias como un hecho consumado, pero bajo el argumento de que “los nuevos países independientes tenían una deuda moral con España, y bajo esa premisa volvió a posicionarse la idea de que por esa deuda van a poder negociar tratados ventajosos en los que se le dé preferencia al comercio español sobre otros gobiernos europeos.
“Pero el gobierno mexicano evidentemente no se avino a esto, sino que se abrió a los acuerdos con distintas naciones. Además, el gobierno mexicano fue cauto y lo consideró muy peligroso porque la exmetrópoli todavía no lo reconocía como país soberano, y en cualquier momento podía invadirle sin respetar los acuerdos internacionales, o podía haber una tercera potencia que atacara a México en nombre de la restauración del poder español o podría dar pie al surgimiento de un partido mexicano defensor de la causa española”, sostiene Escribano.
Por ello, la República Mexicana no le dio un trato preferencial a España ni le interesó pagar una deuda de guerra, como pretendía el viejo imperio.
Proceso




