Por Héctor Carriedo
La ruta económica poscolonial y posneoliberal del obradorismo retoma rasgos distintivos del cardenismo y el lopezmateísmo, particularmente en cuanto a la concepción nacionalista de la soberanía energética.
La política petrolera del cardenismo es una de las fuentes inspiradoras del actual pensamiento económico del régimen de la 4T, pero también la política económica nacionalista y de Estado interventor del presidente Lázaro Cárdenas difiere de la política económica de la 4T cuando menos por dos rasgos distintivos:
La política monetaria y fiscal del cardenismo tuvo un carácter keynesiano o heterodoxo y privilegió las medidas contracíclicas de aumento del gasto público sin que fueran prioritarios el equilibrio presupuestario y fiscal, la estabilidad del tipo de cambio y de la inflación. Esta política económica era concurrente con la política heterodoxa que aplicaba el presidente Roosevelt en EE.UU., en el mismo momento histórico.
En contraste, la política macroeconómica de la 4T es ortodoxa, y por su propensión al ahorro y la austeridad republicana no pocos podrían clasificarla como monetarista, por lo que paradójicamente es conservadora en lo monetario y fiscal, ya que procura mantener el equilibrio fiscal y presupuestario, la estabilidad de precios y del tipo de cambio, con una política de gasto público austera y procíclica, lo que quiere decir que, en momentos o ciclos de contracción económica como el actual, evita aumentar el déficit y el endeudamiento.
En materia petrolera la visión del gobierno de la 4T coincide con la de ideólogos mexicanos históricos del periodo posrevolucionario como Narciso Bassols (1897-1959) y Jesús Silva Herzog (1892-1985). Bassols (1942) se pronunciaba por nacionalizar plenamente la industria petrolera, y no volver a otorgar a particulares concesiones sobre los recursos del subsuelo:
“(…) se decretó la nacionalización de la industria, que supone no solo la extirpación de la hegemonía de capitalistas extranjeros, sino también la eliminación de todo interés particular para dar lugar a un sistema de explotación sin propósitos de enriquecimiento, llevada a cabo por el Estado mismo.” (1942).
El maestro Bassols era renuente a dar cabida a empresas privadas en la industria petrolera, porque se entregaría el control financiero e industrial a los contratistas privados y se desvirtuaría el espíritu de la nacionalización y el usufructo exclusivo de la nación sobre los recursos del subsuelo.
Por su parte, el maestro Jesús Silva Herzog aseveraba que después de la expropiación se fortaleció el mercado interno y se logró un impulso importante al desarrollo económico de México, a diferencia de cuando la industria petrolera estaba en manos extranjeras y se fugaban millones de divisas al extranjero.
“(…) La nacionalización del petróleo debe sostenerse. Debe y puede consolidarse. No hay que hacer caso a los descastados y cobardes. La expropiación, repitámoslo una vez más, es el principio de nuestra independencia económica y es preciso defenderla a toda costa…Si alguna vez se pidiera mi opinión a tal respecto, yo diría que hay que incrementar las inversiones de Petróleos Mexicanos pero con nuestro esfuerzo. No busquemos ayuda en la casa del vecino, porque ello suele entrañar graves peligros. Jesús Silva Herzog (1973).
Otra influencia en el pensamiento económico del presidente López Obrador es la política delineada durante el periodo del desarrollo estabilizador (1954-1970). Esta política se caracterizó por una fuerte presencia del sector público en la economía, monopolio natural del Estado en sectores estratégicos como el petrolero, la electricidad y los ferrocarriles; sustitución de importaciones y proteccionismo comercial (control y restricción de las importaciones); fortalecimiento del mercado interno, construcción de infraestructura por parte del Estado, y políticas de fomento a la industrialización tanto a través del sector privado como por medio de empresas de participación estatal mayoritaria y minoritaria.
El desarrollo estabilizador permitió el fortalecimiento de las condiciones laborales y mecanismos redistributivos del ingreso y movilidad social, al tiempo que se atendió la producción agrícola y el abasto de productos básicos en las ciudades y en las franjas fronterizas. Este modelo económico, en un contexto internacional de Alianza para el Progreso –obviamente distinto al de la actualidad- propició que el país creciera a tasas anuales promedio de seis por ciento.
Entre los rasgos de la política de la 4T que podrían considerarse semejantes a las adoptadas durante el periodo del desarrollo estabilizador, están:
• Mantener la estabilidad de la economía y los equilibrios: interno, mediante la inflación baja, y externo, por medio de evitar recurrir a la deuda externa y el aumento del déficit de la balanza de pagos.
• Tendencia a recobrar el nacionalismo económico en el sector energético, en particular por medio de revertir la reforma energética neoliberal, a través de la recuperación del control de las dos principales empresas productivas del Estado: PEMEX y CFE, que deberán ser los puntales del futuro crecimiento económico con bienestar que se propone.
• La inversión pública en infraestructura se orienta fundamentalmente al sector energético, ferroviario y aeroportuario, así como a caminos rurales.
• La política fiscal del Gobierno de la 4T es de corte ortodoxo ya que mantiene los gravámenes de la política tributaria preexistente, pero aumentando la eficiencia de la recaudación y eliminando la evasión y la elusión; al mismo tiempo, se impone una política de austeridad republicana (para muchos draconiana) que evita, lo más posible, el crecimiento del déficit presupuestario y del endeudamiento interno y externo.




