Radiografía del Dinero Público en Durango 2026: Entre la Dependencia y el Gasto Inercial

«No hay arte que un gobierno aprenda más rápido de otro, que el de sacar dinero de los bolsillos de la gente». — Adam Smith, economista inglés.

El Paquete Económico 2026 de Durango no es un plan de vuelo; es un acta de supervivencia. Tras analizar los $51,551 millones de pesos proyectados, la conclusión técnica es tan gélida como contundente: Durango ha claudicado a su capacidad de transformación para convertirse en una ventanilla de pagos. Somos una entidad que administra la escasez mientras el resto del mundo —y otros estados del norte— compite por el futuro.

El presupuesto revela una patología financiera terminal. Gastamos ocho veces más en sostener la burocracia que en construir infraestructura. Mientras destinamos $18,544 millones a una nómina obesa e ineficiente, la inversión pública apenas araña el 4.5% del gasto total. Peor aún, el servicio de la deuda ($3,435 mdp) ya devora 1.5 veces lo que se pretende invertir en obra. Es decir, estamos pagando el ayer con el dinero del mañana, dejando el hoy en un estado de parálisis técnica.

La vulnerabilidad es extrema. Con una dependencia federal del 83%, Durango no tiene hacienda pública propia; tiene una sucursal bancaria que depende del humor y la salud de la Recaudación Federal Participable. Ante un escenario de posibles deportaciones masivas, caída de remesas y una competencia feroz por el nearshoring, Durango se presenta con las manos vacías. Sin energía, sin conectividad de vanguardia y con un sistema de pensiones que, según los datos actuariales del Paquete Económico vigente, entra en fase de descapitalización este 2026, la pregunta no es si chocaremos, sino qué tan violento será el impacto.

Lo que no se ha querido hacer: El costo de la cobardía política

La abulia política y el cálculo electoral han evitado las reformas que Durango necesita para dejar de ser un estado de «presupuesto inercial». Si queremos dejar de ser una economía de subsistencia, la ruta exige decisiones de alto costo político, pero de obligatoriedad técnica:

  1. La Cirugía Mayor al Sistema de Pensiones: No basta con parches. Se requiere una reforma estructural inmediata que eleve las edades de jubilación y las cuotas de aportación, además de transitar hacia cuentas individuales. Mantener el sistema actual es un suicidio financiero que drenará cada peso de inversión en los próximos cinco años. El costo político es enorme, pero el costo de la indiferencia es la quiebra del Estado.
  2. Reingeniería del Gasto Corriente (Base Cero): Es imperativo reducir la estructura administrativa en al menos un 15%. Durango no puede seguir manteniendo una nómina que absorbe el 36% del presupuesto total. Necesitamos un gobierno digital, compacto y técnico, no una agencia de colocación de empleo político. Cada peso ahorrado en burocracia debe ir etiquetado por ley a un Fondo de Infraestructura Productiva.
  3. Fideicomiso de Inversión Estratégica con Ingresos Propios: El incremento del 25% en ingresos propios es una buena noticia, pero insuficiente si se diluye en gasto corriente. Proponemos que el 100% de lo recaudado por el Impuesto Sobre Nóminas (ISN) se blinde en un fideicomiso autónomo para proyectos de energía limpia y logística. Si no podemos ofrecer energía barata y disponible, ninguna empresa del nearshoring volteará a vernos, por más incentivos fiscales que se inventen.
  4. Descentralización y Autonomía Municipal Responsable: El estado debe dejar de ser el «padre protector» de municipios que no recaudan. Se deben condicionar las transferencias estatales a la eficiencia en el cobro del predial y agua. La pereza fiscal de los ayuntamientos es un lastre que el presupuesto estatal ya no puede cargar.

Colofón

Estamos ante un presupuesto que es un monumento a la resignación. La complacencia de decir que «las finanzas están equilibradas» es una verdad a medias: están equilibradas en la miseria, no en la prosperidad.

Durango necesita una Hacienda Pública de Combate, no de administración. Si la clase política sigue priorizando la siguiente elección sobre la siguiente generación, estaremos condenados a ver pasar el tren del desarrollo desde el andén de la deuda y la nómina. La alternativa es clara: reforma profunda o irrelevancia económica. El reloj actuarial ya marcó la hora: 2026 es el año del destino. ¿Habrá alguien con el valor técnico para enfrentarlo?

Leonardo Álvarez / leonardo.alvarez@gdinnovaciones.com