No sé qué sintió Danielle mientras esperaba junto a su madre en la antesala del consultorio ginecológico. No sé qué se dijeron; si mantuvieron un silencio incómodo durante algunos minutos o platicaron, en cambio, sobre nimiedades que harían la espera más amena: que el clima, el desayuno, las compras que harían horas después o cualquier otro tema del que se habla para no hablar. Lo que sí sé es que una vez adentro las preguntas de la doctora cayeron como cascada sobre ambas: ¿Cuándo comenzó tu vida sexual?, ¿cuántas parejas sexuales has tenido/tienes?, ¿cómo te cuidas?, ¿eres responsable? Y el diagnóstico, infalible: una lesión visible en el cérvix producto del virus del papiloma humano (VPH), NIC 2. Danielle tenía 17 años. También tenía miedo.
El VPH es la infección de transmisión sexual (ITS) más común que existe. Se estima que, de las personas sexualmente activas, 9 de cada 10 van a contraerlo alguna vez en su vida. Y si bien el virus afecta a hombres y mujeres por igual, las principales consecuencias —así como sucede con un sinfín de otras catástrofes atemporales— las sufrimos nosotras. De los más de cien tipos de cepas que existen, sólo 15 son consideradas de alto riesgo y las lesiones en el cuello del útero se dividen en tres tipos: NIC 1, NIC 2 o NIC 3, dependiendo de la extensión de las células anormales que se encuentren. Sin embargo, cualquiera que busque “VPH” en internet, sin importar las características o detalles, se encontrará con su propia sentencia: cáncer.




