Asistir al desarrollo de la política en Durango durante la última semana ha sido presenciar un caso clínico de desmoronamiento institucional. El cuarto informe de gobierno de Esteban Villegas Villarreal no fue un ejercicio de rendición de cuentas, sino el patético clímax de una administración que, a falta de sustancia, ha optado por la escenografía barata y el amago gansteril.
La crisis de gobernabilidad es innegable. Cuando la cúpula empresarial, a través de Coparmex, se ve forzada a emitir un posicionamiento público exigiendo «menos puentes y más resultados», nos enfrentamos a un diagnóstico letal: el Ejecutivo estatal ha abandonado sus funciones básicas. Durango está siendo administrado por la inercia, bajo el riesgo inminente de consolidarse históricamente como «el Gobierno de los puentes»; una metáfora cruel de una gestión que transcurre en asueto mientras el estado languidece.
Sin embargo, el vacío de resultados es apenas el síntoma; la verdadera enfermedad es la descomposición política en el núcleo mismo del poder. La reciente advertencia de Villegas Villarreal —»¡Yo estoy preparado para que todos los que estén en esta mesa me traicionen, no sé si ustedes estén preparados para el revire que yo pueda hacer!»— trasciende la mera anécdota. Es la confesión pública de un líder carcomido por la paranoia, incapaz de cohesionar a su propio equipo. En ciencia política, cuando un mandatario sustituye la autoridad moral y el liderazgo por el chantaje y la amenaza institucional, estamos ante un régimen en fase terminal de legitimidad. Villegas ha dejado de ser un estadista para convertirse en el capataz de un equipo dividido y pusilánime.
Leonardo Álvarez / leonardo.alvarez@gdinnovaciones.com
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